En verdad no sé como empezar a describir lo que sucedió con esa muchachita.
Fue en marzo yo me encontraba en Chile, en una ciudad al sur de la capital de este país.
Era de noche, creo que como las 22:00 y yo estaba ebrio afirmado a la barra de un bar, en donde ella trabajaba como cajera o adicionista.
Me bebí unos cuantos vodka tonic y ella continuaba mirándome fijamente a los ojos, y me sonreía.
No aguanté más y me acerqué a ella, a pesar de mi evidente ebriedad, pudimos entablar alguna conversación. Fue entonces cuando aproveché y le pedí el número de su telefono móvil.
Me fui a casa y durante mucho tiempo no la ví ni le llamé. Creo que fue una manera de perdonarle la vida.
Me tuve que quedar varios meses en esa maldita y fría ciudad de Chillán, hasta que por un juego del destino la volví a encontrar. Me recriminó mi falta de interés al no llamarla, y tuve entonces que disolverme en adolscentes excusas.
La invité a un bar, y fue allí donde pude apreciar toda su belleza, que obnubilaba mis ojos y que hacía temblar mi mano y mi navaja.
No hice más que hablar toda la noche, casi sin dejarla participar. Ella me miraba fijamente y yo timidamente la observaba con notorio interés.
Su pelo rubio y rosados labios eran artísticamente flamantes en esa blanca piel. Sus diecinueve años no eran impedimento para mí.
De pronto, sobresaltada me dice que debe irse a casa. Yo ya no podía esconder mis ganas de beber su sangre, pura y angelical. No se que ocurrió pero logre contenerme y la lleve hasta su hogar. En la puerta de éste y al pedir poder verla nuevamente nos besamos calmadamente.
Esa noche para calmar la impotencia y la rabia me embriagué como un animal. Golpée a dos imbéciles que se atrevieron a las 05:00 de la mañana a mofarse de mi estado etílico.
A los días después la llamé por telefono …
domingo, 7 de marzo de 2010
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