domingo, 7 de marzo de 2010

Uan Jugada del Azar

En verdad no recuerdo bien cual fue el motivo de mi viaje a esa ciudad.
Yo llevaba días en un estado de letargo y cuestionamiento moral por lo que me sucedía.
Pero llegué hasta allá; busqué un hotel decente y un lugar donde comer algo dulce. Un cortado y un trozo de torta de manjar no me caería mal.
Casi a las 2 de la tarde me paseaba por la plaza del lugar, admirando las bellas estatuas desnudas que adornan la pileta principal. Caminaba y de pronto, la veo pasar contoneando su cuerpo de una lado para el otro. Mayor fue mi sorpresa cuando al seguirla me percato que era Pamela. Como olvidarla si la amé toda mi infancia, si sus besos fueron los primeros, si sus juegos son los que hasta hoy me reprimen. Me acerqué y cuando me disponía a hablarle, ella exclamó mi nombre. Nos abrazamos durante largos segundos. Por mi mente, raudamente pasaron mil películas que me recordaban todos los años juntos. Nos comentamos que era de nuestras vidas y por ende, la invité a almorzar, pero se negó ya que se dirigía al trabajo; sin embargo dijo : – salgo a las 8 de la tarde si quieres esperame en el hospital y se marchó. Corrí raudo al hotel ordené mis pertenencias por si la suerte me acompañaba y ella quisiera acompañarme a pasar la noche juntos. Estuve toda la tarde impaciente, me fumé una decena de cigarrillos y bebí un par de brandys esperando a que llegara la hora. Ya a las siete me metí al baño, luego saqué mi adorada navaja y me afeité el rostro mirandome fijamente al espejo. Mi reflejo sabía lo que ocurriría esa noche; mas yo me negaba a creerlo. Cinco minutos para los ocho y yo estaba en la afueras del remozado hospital de la ciudad; de pronto comencé a sentir el aroma de su perfume en mi nariz, y en mis oidos la musica que sus tacos hacian al tocar el pavimento. Mi sangre empezó a hervir y mi cabeza parecía explotar. Presagios de mis dolencias y acciones futuras. Nos abrazamos y besamos nuevamente, caminamos por la ciudad como dos enamorados recordando tantas vivencias de nuestra infancia. Finalmente, llegamos hasta el Club Social para cenar juntos. Fue ahí que me percaté que el dato del botones del hotel habia sido el indicado. Valía los 2 dolares que le dejé de propina.

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